Queremos vivo al hijo de Anita, justicia para los asesinados

Origen: Queremos vivo al hijo de Anita, justicia para los asesinados

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Un año para Fabricio con sus gatos…y el agua

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Juegos…la isla, música y bicicleta

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Un pueblo y un puente perdidos al centro de Cuba

Un pueblo y un puente perdidos al centro de Cuba.

UNO: Amarás al otro

    Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros.

San Juan 13-34

nacimiento.

En Cuba también falta el agua.

En esta época es normal que falte el agua en cualquier sitio del planeta. En Cuba, también, falta el agua.

Las tuberías abandonan sus antiguos trabajos de plañideras, se van a la ópera, a cantar a Verdi, o se internan en el negocio de los efectos especiales en el cine. Claro, esas son las tuberías de la ciudad, la capital. Las de provincia, lejanos campos, no conocen lo que es el cine.

No hay agua.

Los mestizos de Centro Habana, Cerro, Alamar, Habana Vieja, se mueren de sed.

Los ojiazules de las sabanas, los medio-aborígenes de las montañas, los cantores de las ciudades orientales se mueren de sed.

Se están muriendo.

Y no llueve. Las nubes se hacen necias, reducen nuestros ojos a la ridiculez del amante despreciado. Una y otra vez.

A veces pienso que para mí es una suerte. Si es que a las alturas de mi camino pueda hablar de suerte. Me he acostumbrado a bajar la cabeza con humildad, no pedir más de lo que cualquier otro ser podría necesitar. Al fin y al cabo he perdido mucho, pero algo he aprendido a ganar.

He aprendido a nadar en medio de los charcos secos. He aprendido a morder la carne dura y salada de quienes me rodean. Lamer el sudor de todos en busca del agua que necesito para vivir.

En otras tierras existen los hacedores de lluvias. Tipos lacónicos que utilizan sus artes para extraer el agua desde los embalses del cielo.

No tengo noticias de que, en Cuba, exista alguno. Aguadores somos muchos, a veces me parece que demasiados. Sobre todo ahora que mi caballo está muriendo. Está tirado en medio de la calle. (Decir calle es un eufemismo, en los años de la República aquí se construyó una calle, pero apenas si se ha reparado desde entonces).

Isaías siempre fue un caballo medio flemático, pero nunca pensé que llegaría a morirse en el momento en que más lo necesito.

Detesto a la gente flemática, haciéndote creer todo el tiempo que todo está bajo control. Que tu voz enrojecida y tus manos enfermas de violencia no lograrán hacer pestañar dos veces sus ojos de cielo despejado.

Isaías era de ese tipo de animales que, a pesar de mis latigazos para dar una vuelta más, continuaba meneándose al modo de los camellos, haciéndome sentir un tarado inofensivo.

Pero mi rabia nunca la descargué en él.

Nunca.

Lo juro.

He asegurado la llave de la pipa, no sea que algún humano robe el agua en tanto acompaño a mi animal moribundo. La llave la guardo en uno de los grandes bolsillos de mi pantalón y me acerco a Isaías.

Lo despojo de amarres, burdas ataduras que no lo obligarán más a estar a mi lado. Pudiera atarme a él y no serviría de nada. Se va a ir con un par de alas enormes. Pero no va a convertirse en Pegaso. Su vientre se hinchará y, si no me apuro, tendré que pagar una multa por atentar contra el medio ambiente y retener el tráfico de la única calle del pueblo.

Acaricio la cabeza de Isaías.

Dicen que, cuando un caballo es vencido por la fragilidad de sus articulaciones, es mejor dejarlo morir.

Es decir, matarlo.

Dejarlo morir sería muy cruel para él. Muy cruel para quienes le rodean.

Cierta vez, cuando vivía en La Habana, vi un caballo muriendo de sed en medio de la calle. Imagino que muriera de sed porque era un día caluroso como todos los malditos días de este país. En esta clase de tierra la gente y los animales suelen morirse de sed. La sed es algo parecido al susto. Entra de golpe, corta la respiración y no deja pensar en nada más.

A veces me alegro de no vivir más en La Habana, allí se siente la sed a cualquier hora. Como si se estuviera más cerca del sol. El astro rey. Las paredes de los edificios se enfurecen por la insolencia de la luz y toman venganza en los ojos de la gente. Los vuelven nulos. Quizás al caballo también lo hayan vuelto nulo.

¿A quién se le ocurre hacer caminar un caballo por el centro de una capital?

El coche que tiraba el caballo iba lleno de turistas gordos, envueltos en el rocío grasiento del mediodía, en el sopor del asombro ante la inesperada muerte, la empalagosa escena que llenaría sus pestañas de miles de cristalitos salados.

La sal en exceso convierte en bodrio la mejor comida. Aquel caballo no sería comido por nadie. Ni siquiera por los leones hambrientos del zoológico más viejo de La Habana. El caballo pertenecía a la Oficina del Historiador y, seguro, sería enterrado como el fiel trabajador que había sido hasta aquel momento.

Estaba en medio de la calle, como Isaías, y casi había detenido el tránsito; los policías se volvían locos, los cláxones volvían locas a las gentes, las ventanillas de las guaguas se nublaban por el aliento fétido de los curiosos que pegaban las narices a los cristales. El caballo moría, su enorme vientre se movía de arriba abajo cada vez con más lentitud y yo solo lograba sentir la sed convirtiéndose en calor ardiente dentro de mi estómago.

También por eso es bueno no vivir más en La Habana, porque ese día los policías tuvieron que detener, empujar, retorcer al tumulto oscuro que, machetes, cuchillos de cocina en mano, salió en defensa del moribundo.

A ningún animal se le debe dejar morir lentamente.

El ojo grande y temeroso de Isaías me mira, quizás pidiendo ayuda, quizás pidiendo disculpas, quizás despidiéndose, quizás solo intente decirme cuánto ha ansiado este momento. Aunque sea él quien salga perdiendo. ¿Él? ¿Es Isaías quien sale perdiendo?

Quizás mi caballo esté muriendo de sed.

Tal vez solo necesite un poco de agua y volverá a incorporarse, volverá a ser el de años atrás, cuando lo compré y prometía ser fuerte por un tiempo que no quise calcular. No quise imaginar por cuánto tiempo necesitaría de Isaías. Por cuánto tiempo viviría en este municipio de tuberías desempleadas, noches aun más calurosas que los mediodía, gente desdentada a falta de clínicas estomatológicas, noticias que llegan tarde o nunca llegan, alcohol en noches de parque frente a la iglesia, como antes.

Antes.

En este país la palabra Antes tiene más peso del que podría tener en cualquier otra tierra. Aquí es casi simbólico.

Pero de cualquier modo, la gente continúa reuniéndose frente a una botella de alcohol, frente a la caja de un muerto si es que ha sucedido algo verdaderamente interesante (si el muerto no murió de viejo).

Isaías no está muriendo de viejo.

No puede ser que me hayan engañado así.

Le traigo una cubeta llena de agua, cargo un poco entre las manos y se la llevo a la boca, él resopla espantado, como si nunca hubiese bebido un líquido tan amargo.

Tienes que beber el agua, Isaías, estoy perdiendo un peso con esta cubeta que te estoy brindando. Con este peso, en este país, puedo hacer muchas cosas. Puedo comprar tres cigarros (si le agrego un medio), puedo viajar en un Metrobus (si viviera en La Habana), tomar un refresco (si la falta de agua impulsara a la gente a volverse tan loca como para vender en refrescos lo que tan caro les cuesta), comprar un periódico de cuatro hojas (eso es verdaderamente importante). Un peso, Isaías, estoy derrochando un peso por ti, una cubeta de agua porque te estás muriendo de sed y no quieres agradecer.

Te niegas a probarla, te niegas a reconocer que puedo sacrificarme por ti, te niegas a deberme la vida.

La muerte del caballo es lenta.

¿Cómo se le puede quitar la vida a un caballo para que no perdure la agonía?

Por suerte en nuestro país están prohibidas las armas de fuego.

Pero Isaías eso no lo comprende, él quisiera morir de una vez, y no entiende que el modo más eficaz es esa inexistente arma de fuego.

Solo están el sol, el polvo ríspido de la ex calle, los ojos de la gente que espera ansiosa el desenlace, a ver si me vuelvo loco por el dolor o por la incertidumbre ante lo que será mi futuro, y termino ofreciendo gratis el agua o largándome de una vez de esta provincia a la que nunca he pertenecido.

Si yo fuera un hacedor de lluvias, me mirarían con más respeto, con admiración.

Leería poemas endurecidos por el odio y miraría a las nubes, fingiendo que dirijo a ellas las palabras, enredaderas parásitas. No cargaría con caballos profetas ni con agua estancada y mucho menos esta bolsita sucia donde guardo el menudo contado con la avaricia de los judíos.

El dinero que cada noche reúnen las viejas para comprar mi agua al amanecer.

La más limpia, la más fresca. El agua que cae de las nubes suele considerarse sagrada por la gente del campo.

En estos tiempos hasta los de la ciudad dejan de protestar (porque se ensucian los zapatos con el fanguito del hollín), y se quedan con las bocas abiertas, mirando al cielo como si estuviesen en presencia de un milagro.

Lástima que el milagro baje contaminado.

Aquí, como en todo el mundo, la contaminación carcome a las ciudades. La suerte es que no tenemos muchas ciudades.

Isaías hace el último esfuerzo por incorporarse, es el fin, me digo, todos intentamos incorporarnos minutos antes de nuestra muerte.

Nunca me he muerto de verdad. Pero lo sé. Quizás porque en algún momento también yo quise incorporarme.

Aunque sé que es en vano, le animo.

Arriba Isaías, bravo Isaías, ¿quieres un poco más de agua, Isaías?

Pero ha sido solo un vano estímulo del recuerdo, la falsa memoria que gusta del morbo como las flores de los atardeceres húmedos.

No puedo con esta muerte lenta, Isaías. No puedo con este sol y los ojos sedientos, mis manos ansiosas por contar la calderilla.

¿Por qué no acabas de morirte de una vez?

Él resopla, cierra los ojos, quiere engañarme, fingirse sin vida para que me vaya y lo deje morir en paz. Aunque la agonía dure hasta mañana.

Es lo mejor. Irme.

Acaricio por última vez la cabeza flaca de Isaías.

Tomo la cubeta y camino hasta la pipa.

Coloco mi mano cerca de mi boca para que imite un altoparlante. Ya pueden salir. Ya pueden comprar.

Esta cubeta, por estar usada, por haber coqueteado con los labios de la muerte, la daré en rebaja. Sobre todo porque es domingo.

Es un regalo.

Un regalo para mí.

Los domingos son buenos días para las buenas acciones. Aunque la gente que se reúne en el parque, frente a la iglesia, no piense en esto jamás.

Yo pensaré por ellos.

Cuando termine de llenarse la última cubeta de agua, cuando mi bolsa sucia se haya repletado, cuando los ojos se hayan escondido dentro de las cocinas o los baños, saldré caminando (del mismo modo en que llegué) hasta la pequeña caseta donde, de tarde en tarde, hace su parada el tren que viene o va hacia otros sitios. Oriente, occidente. En este país no existe otra opción.

Oriente, occidente. Diría menos. Occidente.

Pero esa es una opción que ya tuve bajo mis pies.

No hay más.

De todos modos, en la capital nadie creería en un hacedor de lluvias. ¿O sí? En todo caso no sería tan útil. Allá, aún de vez en vez, las tuberías son contratadas para míseros trabajos.

La calderilla pesa en mi cintura.

Aprovecho las últimas moléculas de agua para lavar mis manos y mi cara. Un hacedor de lluvias debe demostrar que, para él, es fácil vérselas con el agua.

Me voy antes de que alguien recuerde que debo poner fin a la agonía de mi animal. Que debo sacarlo de en medio de la vía pública.

No me despido. Las despedidas suelen llenarme de lágrimas de indiferencia.

Tampoco miro a mi caballo por última vez.

Él sabrá cómo morir.

¿Por qué se escribe? (Carson McCullers)

Una de mis escritoras preferidas

ANATOMÍA DE LA INTIMIDAD literatura y espejos rotos

carson11Debe de ser que se escribe por alguna necesidad subconsciente de comunicación, de expresión personal. Escribir es una ocupación vagabunda, soñadora. El intelecto se hunde por debajo del inconsciente: la imaginación es quien mejor controla a la mente pensante. Sin embargo escribir no es totalmente amorfo y antiintelectual. Algunas de las mejores novelas y escritos en prosa son tan precisos como un número de teléfono, pero pocos prosistas lo logran, debido al refinamiento que es necesario alcanzar en la pasión y en la poesía. No me gusta la palabra prosa; es demasiado prosaica. La buena prosa debe estar fundida con la luz de la poesía; la prosa debe ser como la poesía; la poesía debe ser tan inteligible como la prosa.

En El sueño que florece de Carson McCullers

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Sobre La Canción Perdida de Janis Joplin

Narrar en tiempo de blues

Por  22 de septiembre de 2011

  • Narrar en tiempo de blues
Me gustaría decir que leí con placer La canción perdida de Janis Joplin. Pero no sería exacto. Hubo un tiempo en que me aboqué a la lectura con demasiadas pretensiones, temiendo quizás que algunas obras, consideradas ejemplares en la historia de la literatura, escaparan a mi acervo. Mas ahora ya no. Hace años que sólo aguanto un libro hasta el final cuando me “engancha”; si no me atrapa la historia, si no me seduce la manera en que es contada, no suelo traspasar la frontera que marcan las primeras páginas. Alguien llamó a eso “leer sin compromisos”. Que es justamente lo que hago.

Tal vez por esa razón estuve a punto de desechar La canción perdida…; aún cuando atesoro muchas de las buenas grabaciones de la Joplin junto a Big Brother & The Holding Company, y me fascina la cualidad con que diluye el blues en la psicodelia del rock de los 60. ¿O será porque no resulta fácil sintonizar la frecuencia vibracional de las recitaciones con que arranca esta novela breve, extraña, que dio a Yordanka Almaguer  (La Habana, 1975), el premio en la cuarta edición del concurso Cirilo Villaverde, que desde el año 2000 convoca el Centro de Promoción y Desarrollo de la Literatura Hermanos Loynaz, en Pinar del Río?

Son parlamentos “oscuros”, cierto, para quien todavía no ha conseguido entrever los derroteros por los que avanzará la inquietante trama. Liria, la adolescente protagonista de la historia, dialoga consigo misma en una suerte de peregrinaje místico que la lleva desde el cementerio, cruzando la bahía, hasta el Cristo de La Habana, a cuyos pies se tiende para esperar la muerte, sin alcanzar a escuchar el sorprendente monólogo de la estatua. Sin embargo, tras adelantar una veintena de páginas, el libro no deja muchas alternativas: es necesario continuar leyendo.

La canción perdida… nos presenta el mundo sórdido de una niña inducida a practicar un comercio sexual desaforado, cuyos dividendos redundarán en la apertura de un restaurante, donde su madre sueña preparar alguna vez sus “recetas especiales”. Aciaga resulta aquí la intervención de una amiga de esta, criatura repulsiva que descarga en la muchacha sus apetencias lésbicas, so pretexto de “iniciarla” en el arte de procurar placer a sus arrendadores de turno. El sexo, no obstante explícito, se nos entrega despojado de su carga erótica: no hay morbo alguno en las aprehensiones de Liria, quien por momentos no logra entender lo que ocurre y asiste pasivamente al espectáculo de su propia virginidad perdida, sin que ello implique dejar escapar definitivamente la inocencia. Y desde esa misma inocencia va edificando su mundo, un mundo de lo real-imaginario, en el que puede contemplar la vida (su vida) a través del azulado fragmento desprendido del vitral de un mausoleo. Una mirada azul al espacio circundante, al cementerio que parece así: “Más muerto. Limpio”. Una mirada no exenta de delirios, en ocasiones parecería que ajena, porque “estar en otros ojos, distantes, es el mejor modo de ser otra”.

Presencias hay que, en lugar de respuestas, plantean interrogantes al lector avezado. ¿Quién es realmente este Santiago Smood, negro bien educado, con sus modales anticuados y su maleta que “promete guardar misterios completamente inusuales”, al que “hay que inventarle una historia”? ¿Ha venido a malgastar su dinero en el restaurante maldito o sólo a dejar a Liria el legado de sus viejos discos de blues? Porque más allá de su efímera (diría que fantasmal) permanencia en la vida de la joven, este hombre deja una huella que se torna indeleble, provocando “una explosión de temperaturas” con su música “de negros”, que ella redescubre después en las canciones de la Joplin, cuya música pone el telón de fondo, banda sonora que recorre la novela insuflándole el aliento enajenante del blues.

El drama se perfila, sin lugar a dudas, en esta Habana nuestra de los pasados 90, con sus “paladares” exóticos que ofertan camarones a la chorrera al margen de las prohibiciones: quimera de Altagracia (la madre). ¿Qué sugerencias pudiera entonces comunicar el blues en medio de una geografía que le resulta naturalmente extraña? ¿Cómo no encontrar en nuestro rico universo musical, en las nostálgicas piezas de nuestra vieja o más reciente trova, el marco referencial ajustado a la sonoridad deseada?¿Qué revelador paralelismo adivinar entre la habanera de estos tiempos y la norteamericana muerta trágicamente hace más de treinta años, envuelta en toda la parafernalia hippie?

Tales cuestionamientos me asediaron en más de una ocasión, lo confieso, en tanto la lectura me acercaba al final de modo irremediable. La música es una constante a cuyo ritmo avanza todo el tiempo La canción perdida… Y aunque pudo no superar el exotismo de las armonías bluseras importadas, el recurso le salió bien a Yordanka Almaguer. Su logro estriba quizás en no haber tratado de domesticarlo, si no más bien contar la historia en el tempo serpenteante con que se canta el blues, utilizando párrafos cortados, oraciones que a veces contienen apenas un vocablo, giros voluptuosos, insinuantes, en una atmósfera alienante, depresiva, torva.

Un texto así no se deja leer simplemente por el placer de la lectura; porque a cambio impone sentimientos difusos, encontrados; ora irrita, ora deprime, pero siempre nos deja sin paz interior. Generar inquietud puede ser también una función del arte. Vale si intencional y vale doble si no. ¿Qué no esperar de una escritora que asume intuitivamente el juego de las sensaciones sin correr el riesgo de extraviarse en sus dobleces?

Sí, definitivamente, la canción perdida de Janis Joplin tendría por fuerza que ser un blues.